Ucrania conmemora este domingo un aniversario sombrío. Se cumplen 40 años de la explosión en la central de Chernobyl, el desastre nuclear civil más grave de la historia, cuyas consecuencias ambientales y sanitarias se sienten hasta el día de hoy.
La fecha cobra un dramatismo especial en el contexto actual: tras más de cuatro años de invasión rusa, las instalaciones nucleares ucranianas han vuelto a estar en el centro del conflicto, reavivando el temor de la comunidad internacional ante el riesgo latente de una nueva fuga radiactiva.
El error que desencadenó el horror
La tragedia ocurrió el 26 de abril de 1986. Un error humano durante una prueba de seguridad provocó la explosión del reactor número cuatro de la central, ubicada en el norte de Ucrania (entonces bajo el control de la Unión Soviética).
El estallido destrozó el edificio y liberó una nube de humo radiactivo a la atmósfera. Durante más de diez días el combustible nuclear continuó ardiendo, mientras helicópteros arrojaban miles de toneladas de arena, arcilla y plomo en un intento desesperado por contener el desastre.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) determinó que las causas principales fueron “graves deficiencias en el diseño del reactor y del sistema de apagado”, sumadas al incumplimiento de los protocolos.
Ocultamiento y nubes radiactivas
En los días posteriores, la nube contaminó gravemente Ucrania, Bielorrusia y Rusia, extendiéndose luego por toda Europa. Sin embargo, el oscuro sistema de información de la URSS intentó ocultar la magnitud del evento.
La primera alerta no provino del gobierno soviético, sino de Suecia, que detectó picos de radiación el 28 de abril. El líder de la URSS, Mikhail Gorbachov, recién reconoció oficialmente la catástrofe el 14 de mayo, veinte días después de la explosión.
Un saldo mortal aún en disputa
Las estimaciones sobre el número de víctimas varían drásticamente. Mientras un informe de la ONU de 2005 calculó 4.000 muertes comprobadas o previstas, organizaciones como Greenpeace elevan esa cifra a cerca de 100.000 fallecidos.
A esto se suman unos 600.000 “liquidadores”, el personal expuesto a altísimos niveles de radiación durante las precarias operaciones de limpieza y contención del reactor.
La zona de exclusión y la ciudad fantasma
El área que rodea la central fue convertida en una inmensa zona de exclusión. Más de 2.200 km² en Ucrania y 2.600 km² en Bielorrusia quedaron abandonados. Según el OIEA, estas tierras no podrán ser habitadas de forma segura durante los próximos 24.000 años.
El caso más emblemático es Pripyat, una ciudad ubicada a tres kilómetros de la central que, en 1986, albergaba a 48.000 personas. Hoy es una ciudad fantasma postapocalíptica, dominada por ruinas y su famosa noria oxidada. Aunque antes de la guerra era un destino turístico, desde 2022 la zona permanece cerrada y ha sido reconquistada por la naturaleza.
La amenaza actual: la guerra y el sarcófago perforado
La estructura de acero y hormigón construida de emergencia en 1986 (“el sarcófago”) fue cubierta años después por el Nuevo Confinamiento Seguro, una cúpula de alta tecnología diseñada para aislar la radiación de forma definitiva.
Sin embargo, en febrero de 2025, un dron ruso perforó esta enorme estructura metálica en el marco del conflicto armado. Greenpeace advirtió recientemente que la cubierta “no puede funcionar como fue diseñada” y alertó sobre la posibilidad real de nuevas fugas radiactivas, estimando que las reparaciones podrían demorar hasta cuatro años.
A 40 años de la noche que paralizó al mundo, Chernobyl sigue siendo una herida abierta, un monumento al peligro nuclear que hoy, bajo el fuego de la guerra, amenaza con volver a despertar.








